Soy de aquellas que les gusta controlarlo todo, que pretenden que la vida es un juego y yo quien sostengo el tablero y muevo las piezas a mi favor.
Cuando la gente se da cuenta de esto me dice: “no todo lo puedes controlar” y yo sólo me río, porque sé que si. Rematan: “los sentimientos no los mandas tú, ni las sensaciones, ni las penas, menos las alegrías”. Vuelvo a reír... pues yo sé que si.
Pueden preguntarle a varios quienes han sido víctimas de esto. Aquí, mi truco más preciado; de eso que todos creen tan poderoso e invencible, pero yo lo sé, es totalmente controlable eso que ustedes llaman amor.
Elijo a cada uno de mis jugadores con atención, en todo esto es él o yo... y siempre gano yo. Por tanto tiene que ser el víctima perfecto. Esos que se desenvuelven seguros y precavidos, que caminan con la frente en alto y siempre sonrientes, amables. Pero que esconden grandes debilidades, Aquí entro yo... sencilla, algo tímida y cuando puedo mostrarle interés, jugar a dar y quitar, cruzarle la mirada para que se hele, mostrarme coqueta e insegura, decir cosas lindas cuando pase cerca de mí, sin decir que son para él... pero que él lo sepa.
Espiarlo un poco, saber su nombre y algo más, encontrar sus ojos en el camino y luego chocarlos. Así hasta que el juego ya esté seguro, me acerco, le digo cosas triviales; el típico “creo que te vi en otro lugar”... esperar su sorpresiva reacción y coquetearle un poco. Una invitación abierta, un “nos vemos” o “encontrémonos más tarde”, en fin...
Dejar pasar unos días, buscarlo otra vez, insistir con el “estoy segura de haberte visto en ese lugar”, sacarle risas, adivinar sus gustos, buscar claves para encontrarlo en otros lados, piropearlo disimuladamente, entre líneas también. Una conversación recatada, pero certera.
Luego buscar otro medio para conversar... hoy es tan sencillo...
Declaraciones, invitaciones, “muero por verte”, mostrarme ilusionada y feliz por este contacto más cercano...
Después nos juntamos sin rogar; comemos, vamos al cine, bailamos, un concierto; da lo mismo, es para que crea que el juego es de los dos... él manda, eso cree.
El coqueteo es cada vez más evidente, la conversación va más al grano, ya no son insinuaciones.... va más allá.
Pero no, la primera salida es para conocerse (ja!). Viene la segunda... “donde quieras tú”. Algo distinto, muchos mensajitos, mucho más segura yo de lo que quiero: a él.
Siempre es elegido con precaución, dentro de mis estándares de gustos también; no se trata de jugar con cualquier mono, si no que con un mono interesante... ¿será que les dolerá más el orgullo?
Se viene el beso, dos, tres... ya hay amor. Nos vemos luego, seamos “algo”... un algo no muy ambiguo... lo aseguro para mí. Dejo pasar pocos días y el pololeo. Yo, una eterna enamorada y él con mariposas y soles en la guata.
Es perfecto, todo perfecto: nos adoramos, a su familia y amigos les encanto, soy la más dulce princesita... que niñita tan correcta, linda, señorita, amable... “es perfecta para él” (yo también lo creo).
Y los dos somos tan felices juntos, cada vez más ganas de estar juntos, de salir, de cantarnos temas al oído, me meto en su vida hasta más no poder. Sí, soy celosa porque es mío, nada de niñitas que le anden rodeando. Y yo... de lo más fiel, jugando a quererlo solo a él.
Así... podemos hacer muchas cosas. Depende ahí un poco de él (sólo un poco)... El tiempo pasa, puede pasar mucho, poco, algo... pero siempre queda una espinita... siempre lo logro. (Silencio) En tiempo... más o menos tres a cinco meses, más que eso me aburro... todo tiene un sentido.
Luego para llegar al final hay que sufrir, obvio. Si no sería fome. Ya no le pongo mucha atención, olvido mis compromisos con él, tengo cosas más importantes que hacer. Ni el sexo es tan rico, ni disfrutar una tarde como antes. Lo siento, esto se está acabando... de cierta manera lo aviso, pero no se dan cuenta... los tengo ahí! Luego aparecen terceros para que todo sea más claro... “pero de verdad que nunca quise... aun te adoro, estoy mal, confundida, no sé qué me pasa, estoy pasando por un mal momento, espérame”. Tengo tantas cosas que decirle para consolarle. Porque sí, me gusta que llore, pero no para siempre, entonces lo conversamos y siempre le dejo una sonrisa en la cara. Lo ves, no soy tan mala... casi una víctima de las circunstancias.
Cerramos el capítulo. No nos vemos más... ya comienzo a buscar a mi próxima víctima mientras el anterior está dañado y por eso no me busca (algo de orgullo les queda, no?). Pero bueno, a veces me aburro... entonces aparezco, un mensaje, una visita casual, un correo. ¿Sabes lo que pasa? : corren! Son cachorros fieles y no es un trabajo sencillo, no lo creas.
Han pasado varios, han caído varios, nunca he fallado. Al darse cuenta algo del juego me dicen cosas terribles, sentimientos atroces.. de todo... yo los escucho porque se lo merecen.
Lo último que oí de un buen hombre que me acompañó un tiempito corto fue: “cuanta risa quitaste a mis días y cuanto miedo plasmaste a mi vida”.
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